Monday, April 16, 2012

1. El miedo a uno mismo

La primera vez que recuerdo sentir miedo fue en un viaje familiar a Córdoba. Estábamos parando en lo de mis tíos y las dos familias habían decidido ir a un zoológico. Debía andar por los 3 años. Yo era muy feliz; el menor de tres hermanos, mimado por primos y primas. Andaba en calzoncillo y mechas largas de aquí para allá. Cuando llegamos a la laguna enrejada de los patos, a alguno se le ocurrió sacar una foto. Todos se dieron vuelta para "saludar el pajarito", yo me quedé mirando los patos. Me insistieron para que voltee. No. No quería. Dale, no seas caprichoso. Lloré un poco, era un niño malcriado. Se sacó finalmente la foto: entre las piernas de mi tía Carolina se ve mi espalda burlándose de todos.
A primeras parece un símbolo de rebelión inocente, algo mal pertrechada. Pero es mentira. La puta que lo parió: yo quería darme vuelta. Pero no podía. No podía porque ya desde chiquito cargaba con un orgullo y una terquedad que me han traído problemas de todos los colores. Recuerdo aun hoy ese relámpago de conciencia que tuve en aquel momento. Estoy atado. Porque mi decisión primera -la de seguir viendo los patos-, respondía a una verdad. Una vez que todos insistieron, cambié mis ganas de darme vuelta por la necesidad de decir que no, cueste lo que cueste.
Tuve una fea sensación en el cuerpo durante un rato largo, hasta que busqué el regazo incondicional de mi vieja.

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